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Una Aventura Interior

Conocí el chamanismo de la mano de Emilio Fiel o Miyo. Fue en agosto del 92 cuando me encontraba sola en la terraza de mi casa, un undécimo piso  en el Paseo de la Castellana en Madrid, metida de lleno en el proceso creativo de escribir y diseñar mi Seminario NewMANagement. Madrid estaba solitario, la mayoría de los amigos estaban fuera, mis hijas en Galicia, perfecto para trabajar en intimidad, tiempo para sentir y crear.
Mis amigos más cercanos quizás sean los únicos que conocen mi interés por el chamanismo. Es un tema al que tengo mucho respeto y hablar de chamanismo puede crear malentendidos en una cultura como la nuestra en donde se tiende a comprender lo que se ve, lo que se toca, lo que responde a la vida cotidiana conocida y aceptada por todos. También porque es difícil  explicar las experiencias vividas más allá de la mente. No hay palabras…. Por eso compartiré en este post parte de una primera experiencia chamánica que me sirvió para mi desarrollo personal y conexión con la esencia energética de la Vida.….una aventura interior.

Conocí el chamanismo de la mano de Emilio Fiel o Miyo. Fue en agosto del 92 cuando me encontraba sola en la terraza de mi casa, un undécimo piso  en el Paseo de la Castellana en Madrid, metida de lleno en el proceso creativo de escribir y diseñar mi Seminario NewMANagement. Madrid estaba solitario, la mayoría de los amigos estaban fuera, mis hijas en Galicia, perfecto para trabajar en intimidad, tiempo para sentir y crear. Hacía una semana que acababa de hacer el Camino de Santiago con un grupo de amigos. Sonó el teléfono, una amiga me comenta que se va a un lugar en Estella (Navarra) a vivir una experiencia chamánica de 7 días, un taller sobre chamanismo que dirigía Emilio Fiel. Me invita a ir con ella, me habla con entusiasmo de la naturaleza, de las tradiciones indígenas, del conocimiento chamánico, de Emilio, conocedor de las tradiciones indígenas de los concheros mexicas. Había que salir al día siguiente…..preparé la mochila, metí el saco de dormir, saqué la tienda de campaña y me fui a esta aventura sintiendo una llamada inequívoca, con la convicción de que, al regresar, traería mayores herramientas, una nueva perspectiva para terminar de crear mi seminario, la metodología que marcaría mi forma de trabajar en la formación los siguientes años.

Unos 20 participantes que llegamos de diversos puntos de España acampamos  en medio de un bosque en la naturaleza bellísima de Navarra, entre enormes hayas, robles y encinas, estuvimos siete días y seis noches. La experiencia consistió en relacionarnos con la naturaleza, individualmente y en grupo, viviéndola de manera consciente, sintiendo, comunicando con toda la creación, utilizando costumbres y rituales ancestrales, bailes, saludos al sol, a las cuatro direcciones, largas caminatas, meditaciones, ruedas de la palabra, búsquedas, etc. Lo que cambiaba eran determinadas experiencias que Emilio, casi cada día, nos proponía y que se habían de realizar individualmente, en la noche, en estado de vigilia. Sentados todos en círculo iba enumerando las diferentes opciones que teníamos para pasar la noche: colgarse en un arnés en lo alto de un árbol de 10 metros  o sentarse  al borde de un acantilado o caminar en la noche dentro de un bosque tupido para localizar, a través del sonido, un río lejano, o quedarte al fondo de una inhóspita cueva o…. había una prueba que nadie elegía: enterrarse en medio de un bosque.

Los participantes fuimos haciendo los ejercicios elegidos y, cada mañana, compartíamos lo vivido y lo que cada uno había experimentado. Cuando solo quedaba una noche, Emilio volvió a preguntar qué elegíamos hacer para esa última experiencia individual.  Todo lo vivido hasta ese momento había sido interesante y grato pero no me aportaba nada que yo no conociera sobre mí. Quizá porque estaba entrenada en sofrología, llevaba tres años trabajando mi autoconocimiento y porque tenía muy reciente la experiencia vivida en los bosques de París en el Seminario “Leadership” con Terry Tillman. Una experiencia humanista de 9 semanas sobre el liderazgo del SER en donde realizamos pruebas individuales y de equipo en plena naturaleza que implicaban vivencias duras de resistencia física, mental y emocional. Fue una experiencia en donde potenciamos, entre otros aspectos, la confianza y la intuición

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¿Qué podía hacer esa noche para mi crecimiento y mayor conexión con la naturaleza?
Ya no podía hacer otra cosa que enterrarme. Sí, enterrarme de verdad, en un hoyo cavado en la tierra, a modo de “tumba” a casi un metro de profundidad, en medio de un bosque a varios kilómetros del campamento. Un asistente de Emilio nos llevó a las cuatro personas que habíamos elegido ser enterradas esa noche a un lugar de difícil acceso que solo llegaba un 4x4 y nos fue asignando a los cuatro diferentes hoyos, todos separados entre sí, en un radio de 200 metros. Nos despedimos los cuatro participantes, dándonos ánimo. Éramos tres mujeres y un hombre. Fui la primera, me tumbé en el hoyo, me metí en un saco porque me dijeron que en el bosque esa noche haría frío. Dejé que me echaran tierra. Me cubrió totalmente a excepción de una especie de pequeña ventana creada con palos y ramas tupidos a la altura de la cara para poder respirar. Me dio instrucciones de que la experiencia consistía en pasar la noche en estado de vigilia y observar, sentir qué pasaba, que tratara de no salir de ahí. Que si me sentía mal y necesitaba salir que, con esfuerzo, podía hacerlo pero que no me lo recomendaba. No había nadie en el bosque más que nosotros en los hoyos, alejados entre sí y sin saber en dónde encontrarnos. Eran las 9:00 de la tarde, a punto de anochecer, y él vendría a buscarme a las 8 de la mañana.

Había sido un día muy caluroso, la primera hora tuve calor y pensé que me había equivocado al entrar en el saco.  Al cabo de una hora, lo agradecí. Poco a poco iba bajando la temperatura, se hizo noche cerrada y empezó una de las aventuras más interesantes de mi vida porque, a la ya compleja experiencia se unió que, según dijeron los habitantes de la zona al día siguiente, esa noche se produjo una de las mayores tormentas que recordaban.

A las pocas horas de anochecer, mientras escuchaba los sonidos del bosque, de los animales y de la tierra, oliendo los perfumes intensos del romero, la lavanda y el tomillo, sintiéndome integrada con toda la creación, empecé a oír la caída de gotas gruesas de lluvia, al principio lentamente, luego muy rápida, lluvia fuerte y muy abundante, truenos, rayos, la tierra se movía y se iluminaba sin parar, los olores se intensificaban. Siguió así unas tres horas más y empecé a sentir la humedad en los pies y en la cabeza, se había filtrado el agua, oía como corría a mi alrededor. Recordé que el asistente me había colocado un plástico encima pero era inútil, el agua se filtraba y empapaba el saco, sintiendo la humedad y el frío en todo mi cuerpo. Faltaba poco para amanecer cuando paró la tormenta. No me moví, viví toda la experiencia, superando el sueño, hasta exactamente las 8:40 que vino el asistente a recogerme. Me preguntó, antes de desenterrarme cómo estaba y le contesté con un gesto que bien. Eso creía yo hasta que intenté levantarme. No podía moverme, tenía todos los huesos entumecidos, no podía hablar.  Consiguió sacarme en brazos, imposible caminar, el frío me cortaba la circulación y apenas me sostenía de pié. Me abracé a él llorando como un bebé, como nunca recordaba haber llorado, con un sentimiento extraño de nacer a la vida nuevamente. Estuve abrazada a él mucho tiempo, largos minutos, sin parar de llorar. Siempre recordaré el calor de ese abrazo y el consuelo que me proporcionó.

Nos llevaron al campamento, me di una ducha caliente y luego me dejaron un saco seco con el que me metí en mi tienda al calor del sol de la mañana. Permanecí allí varias horas, sola en silencio, hasta que empecé a sudar abundantemente, a sentir el calor intenso en todo mi cuerpo, a respirar con fluidez, a vivir.

De los cuatro participantes que elegimos esta experiencia solo dos conseguimos permanecer enterrados. La otra era una joven gitana, una conocida bailarina de flamenco. Estábamos muy satisfechas. Los otros dos habían salido de los hoyos y pasaron toda la noche en pánico, absolutamente empapados por la lluvia, separados y resguardados bajo un árbol.

Fue una experiencia vital y espiritual de mucho valor para mí, en donde pude poner en práctica todo lo que había aprendido los últimos años y pude, con plena consciencia, observar y parar mis pensamientos, superar límites, desarrollar el sentido de la intuición, utilizar mis herramientas de distensión, respirar conscientemente, disfrutar de la comunión con toda la creación, con confianza, viviendo la noche, el agua, la tierra, la luz de los rayos, los sonidos y el pulso de la tierra viva. Me interconecté con la esencia energética de la Vida. Confirmé que lo que ocurre fuera de uno, por duro que aparente ser,  no puede impedirnos vivir en nuestro ser profundo en donde todo está en calma y armonía. En ningún momento sentí miedo.

Cuando un año y medio después, en diciembre de 1993, viajé por primera vez al corazón de la Amazonia brasilera comprendí porqué había vivido esta experiencia. Sin ella no hubiera podido comprender y superar las pruebas que se presentan al vivir dos meses en esta selva poderosa, intensa e implacable para el ser humano…. Pero esta aventura se merece otro post!.

“Lo que hay delante y lo que hay detrás nuestro es pequeño en comparación con lo que hay en nuestro interior. Y cuando sacamos lo que está dentro, suceden milagros”
Henry David Thoureau

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